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Historia de la feria de otoño de Basilea

Diversión con tradición: la historia de la mayor feria recreativa de Suiza se remonta a la Baja Edad Media.

El concilio celebrado en Basilea entre 1431 y 1448, de 20 años de duración, trajo consigo un enorme crecimiento económico y de población. Al finalizar, la ciudad entró en crisis en 1449. Para reactivar la economía, se ideó una feria anual que debería celebrarse con regularidad. Como «ciudad libre» del «Sacro Imperio Romano Germánico», Basilea necesitaba el permiso del emperador para organizar una feria de esa naturaleza. El papa Pío II, benefactor de la ciudad, debía enviar una carta de recomendación al emperador alemán Federico III.

La misiva se redactó, pero se perdió por el camino y, por tanto, se requirió una nueva iniciativa, varias décadas más tarde, por parte del alcalde de Basilea Hans von Bärenfels. Finalmente, la empresa tuvo éxito y el 11 de julio de 1471 Basilea recibió el documento con el sello del emperador: en él garantizaba «para siempre» a la ciudad de Basilea el privilegio de celebrar una feria.

Desde entonces, Basilea contó con una animada feria en la que los comerciantes ofrecían sus productos, se comía y bebía en abundancia, y donde cantantes y prestidigitadores mostraban sus habilidades. Las atracciones fueron evolucionando a lo largo de los siglos, desde laberintos y sencillos «trenes de la bruja» y un tonel giratorio, a la torre de caída libre actual. También ha cambiado el propio símbolo de la feria, la noria en la Münsterplatz, que si en los años 1970 tenía tan solo 20 metros de altura, cuenta hoy con 60. En contraste, algunas de las especialidades dulces, como los «Mässmogge» o los «Maagemòrsèlle» que se venden en la Petersplatz, hacen las delicias de grandes y pequeños golosos desde hace siglos. 

Y, para acabar, una anécdota para los buenos conocedores de Basilea: la feria de otoño se inaugura cada año el sábado anterior al 30 de octubre, a las 12 en punto, con el toque de campanas de la Martinskirche frente a un concurrido público. Desde hace muchos años, el encargado de seguir con la tradición y tocar la campana es Franz Baur. Como recompensa y al igual que muchos de sus antecesores, cada año recibe un par de guantes nuevo. Sin embargo, el pago se efectúa en dos «cuotas»: el primer guante lo recibe después de inaugurar la feria; el segundo, al anunciar el final de la «Hèèrbschtmäss». Solo cuando ha finalizado la magia puede disfrutar de su merecida recompensa: un signo de la característica prudencia protestante por parte de la ciudad que refleja una típica cualidad de Basilea.

Feria de otoño de Basilea (1967)

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