En el lugar donde se encontraba el escenario del antiguo teatro de la ciudad, Jean Tinguely concibió en 1977 una enorme piscina en la que dispuso divertidas máquinas esculturas.
En lugar de actores, cantantes y bailarines, son ellas las que se encargan de entretener a los paseantes. El artista, sumamente popular en Basilea, creó así un nuevo símbolo de la ciudad.